De pieles y palabras sin ritmo ni pauta

Hace unos meses subí a las redes un “desnudo político” (una suerte de Nipplegate de bajo presupuesto) que poco o prácticamente nada mostraba, pero sí mucho más de lo que estáis acostumbrades a ver o, mejor dicho, esperar, cuando de un hombre con vagina se trata. Y lo visteis en la intimidad de la habitación en la que ha crecido y a través de su propia mirada. Hice esto en su día para reivindicar y celebrar nuestros cuerpos (los de los atravesados, los abyectos, los invisibilizados, que no invisibles) en el Día de la Visibilidad Trans. Lo hice para darme tregua en mi propia batalla sin derramamiento de sangre pero con tics y dolores que ya daba por crónicos. Para valerme de la seguridad de mis privilegios y espacios y conseguir quizás que aquelles tantes, demasiades, que no pueden ni plantearse hacer algo así a día de hoy -y cuya visibilidad es aún mucho más necesaria para el mundo que la mía- se vieran siquiera remotamente reflejados en mi gesto. O, simplemente, en el frágil equilibrio entre naturaleza y construcción social de aquellos elementos de mi cuerpo (en este caso, pechos, para quienes se hayan perdido entre subordinadas y un léxico tan preciso como obscuro) que rompen con las constricciones y mandatos de la cisnormatividad. Pues bien, he aquí el mismo, en pésima calidad y actitud casi desafiante: Seguir leyendo “De pieles y palabras sin ritmo ni pauta”

De pieles y palabras sin ritmo ni pauta

Aparición en la televisión gallega

Apenas unos días antes me habían retirado los vendajes, me avisaron para hacerla escasas horas antes y, lo que es más importante, fue a través de Skype y no veía a quién me hablaba ni su cara (algo fatal para alguien tan atento a la comunicación no verbal como yo). Y todo eso se nota, como también se nota que salgo de cualquier empedrado sonriendo y reconociendo que no sé qué diantres hago ni por qué. Pero en fin, estoy bastante contento con lo que hice y muy positivamente sorprendido con cómo me trataron. Ojalá me hubiera atrevido a desempolvar mi gallego, eso sí…

Aquí tenéis el vídeo con la intervención. Aparezco en el minuto 58:15.

Aparición en la televisión gallega

Soma

Mi cuerpo es una batalla tranquila,
una autolesión diaria desde la dignidad
hasta la mutilación por amor propio.

Mi cuerpo es una batalla ajena,
un haz de médicos, políticos y burócratas
jactándose de cada herida.

Mi cuerpo es una batalla dormida,
despierta cuando duermo y duerme alerta
cuando cree que no lo miras.

Mi cuerpo no era ninguna batalla
hasta que lo regulásteis en pos
de la ciencia y el orden público.

Y ahora mi cuerpo no pide permiso
ni disculpas.

Y lo que es aún peor, respira.

Soma

Análisis del excurso

Hace años, cuando aún me aterraba más existir que no hacerlo, me leí a mí mismo (o mejor dicho, a “alguien como yo”) expuesto como ejemplo para ilustrar una definición de un concepto jurídico. Nada subversivo ni fuera de lo común y corriente, pero sí lo suficientemente imprevisible como para pillarme con la guardia baja -máxime teniendo en cuenta que, además de admirarla profundamente, en ese momento trataba constantemente con la persona que lo redactó. Empleaba el vocabulario opresivo de los profesionales médicos y juristas absolutamente ajenos a mi realidad a quienes expongo con tibia puntería a través de mi activismo; a saber: “transexual”, “sufrido una operación”, “cambio de sexo”, “sexo biológico”… en menos de medio párrafo una parte absolutamente nuclear -seré sincero, la que más- de mi existencia se desgranaba en términos que, resulten ofensivos o no per se, me deshumanizan a golpe de patologización y tecnicismo ávido de morbo.

Mi derrumbe emocional fue tal que interpreté como personal lo que sin duda lo era, pero principalmente me resultaba político. No se refería a mí, jamás se referiría así a mí de saber qué y quién era, de eso estaba seguro. Pero el que simplemente pueda o sienta que deba referirse así a alguien como yo, la distancia obtusa que tomaba para con el caso concreto (con la vida, con la persona) depurada prosa académica mediante me abocó a la zozobra de quien pasa de creer que no tiene nada que perder a verse paralizado por el miedo a perder hasta las más triviales de sus conexiones. No es que ese miedo no me acompañara desde que tengo memoria, no. Es sólo que nunca había mirado al enemigo involuntario (las palabras o gestos desafortunados, irrespetuosos, gélidos o simple y llanamente hipócritas) tan de cerca sin tentar su presencia dejando caer yo mismo el tema (o, cuanto menos, pudiendo verlo venir). Y no estaba en absoluto preparado. Sigo sin estarlo. Empieza a gustarme, eso sí, el saber que no lo estaré nunca, que mi carne sigue siendo blanda ante cualquier filo que pueda enseñarme a proteger -aunque no precisamente a mí mismo.

Lo cierto es que esta entrada tenía ínfulas de disertación sobre la ajenidad cruel del lenguaje académico en general y médico-jurídico en particular, pero como de costumbre me ha podido la silueta anónima y el peso de mis propias luces y sombras. Aprovecho, no obstante, para hacer el siguiente llamamiento: si alguna vez algo o alguien os hace sentir una suerte de androide esperando a que le lleguen unos recambios de Alemania o una actualización de software para ser funcional y digno de su consideración y cuidados, verbalizadlo o no, somatizadlo o no, pero sabed que no estáis solxs. Somos más lxs cosificadxs por los discursos dominantes que lxs que no lo son y, aunque hace mucho que en la Tierra hay más cadáveres transmutados que seres vivos, nosotrxs aún no formamos parte de ellxs. Aún somos latido y polvo de estrellas. No somos discurso pero podemos generar y destruir infinitas fórmulas y lo hacemos, de hecho, constantemente. No existe el lujo de la pulsión de muerte como alternativa para lxs abyectos.

Quiero creer y creo que se nos siente y escucha sin condicionantes ni tambienes, aunque por el momento sólo sea entre nosotrxs. Ahora sólo queda amplificar y diversificar nuestra frecuencia para que, además de no estar solxs, tampoco nos lo sintamos.

Análisis del excurso

Silencios

La verdad es que no sé por qué llamamos silencio también a la falta de ruido comunicativo que supone el no escribir. No pasa nada, sólo estás viviendo. Y lo estás haciendo sin necesitar contarlo. Urge dejar de temer aquellos llenos que nuestra cultura construye como vacíos.

La verdad es que el trabajo, por agotador que fuere, y mi actual estado físico, por mucho que deje que desear, no me han impedido hacerlo.

La realidad es que me aterra tanto no ser más que una nota a pie de página en un libro, blog o puerta de baño de edificio público que llegados a cierto punto nadie más va a leer como lo estoy de llegar experimentar lo contrario, de llegar a saber siquiera qué es. En el fondo amo tanto la idea de vivir en las cloacas como de vestirme bien. En cualquier caso, ahora mismo la mejor forma de enfrentarme a mi miedo es, sencillamente, no hacerlo. Dejarlo estar. Saborearlo, dejar que me llene las costillas y aprender de él.

Pero siento que ahora mismo ni mi miedo ni cualquier otra cosa que sienta y proyecte en mis actos (or lack thereof) necesita ser también silencio.

Así que supongo que esto podría ser un comienzo de un comienzo de un comienzo que puede no ser. Con la mera potencialidad me vale.

Silencios

Elogio de mi masculinidad

Odio la masculinidad hegemónica, machista, colonizadora y cisheteronormativa que nos oprime a todes y que la gran mayoría de hombres instrumentalizan para beneficio propio y opresión ajena tanto como amo la mía.

Amo que mi masculinidad incorpore de manera intrínseca la duda, la fluidez, la vulnerabilidad, la apertura, la ternura, los cuidados, las caricias, la ductilidad y la calidez.

Amo que mi masculinidad incluya todas las partes de mi cuerpo, gustos y actitudes que la sociedad construye e interpreta como “femeninas”.

Amo que mi masculinidad se haya abierto paso en cada faceta de mi vida llevándose consigo la misoginia, pues suele ser precisamente al revés.

Amo mi masculinidad porque no os parece masculina. Porque me libera de vuestras expectativas y se proyecta hacia el exterior a golpe de sonrisa y caricia.

Amo que mi masculinidad sea tierna, flexible, cursi y blanda hasta el paroxismo. Y que genere espacios seguros aunque las de otros acostumbren a atacarme directamente, a asfixiar y a invisibilizar la mía.

Amo mi masculinidad porque está aquí y me hace más feliz, amable, abierto y libre aunque pasé la mayor parte de mi vida creyéndola imposible. Crecí creyendo que ser la persona tierna, cariñosa, sensible, considerada y generosa que quiero ser era incompatible con ser un hombre. Que todo lo que soy y me gusta de mí sólo podría estar confinado en el estrechísimo espacio que no os importa que ocupe una mujer -siempre y cuando sólo ocupe aquel.

No sólo no es así, sino que no concibo, para mí, otra forma de ser el hombre que soy. No podría ni querría serlo de no incluir todo esto y más.

Amo mi masculinidad porque tuve que esculpirla en un material que consideraríais inepto, sin apenas referentes y contra todo pronóstico y discurso dominante. Y no me salió ni mal ni bien, pero me salió mía.

Elogio de mi masculinidad

De por qué tu crítica no feminista al feminismo es parte del problema

Quienes me conocen saben que una de las pocas cosas de las que presumo es de lo bien que suelo rodearme y de lo maravillosas que son las personas que deciden formar parte, más o menos activamente, de mi vida.

Ahora bien, éste don no me exime de tener que leer y escuchar auténticas barbaridades y ofensas gratuitas fácilmente evitables por parte de algunas de esas personas cada vez que abro Facebook, Twitter, quedo para tomarme algo…en fin, cada vez que me hallo en cualquier tipo de situación que me exponga a vuestras reacciones y reflexiones en torno a ellas.

Esta vez iré al grano aunque no pueda prometer ni prometa abandonar mi costumbre de ir por ahí derramando subordinadas más largas que un día sin pan impunemente:

¡NOTICIAS FRESCAS, CARIS! Vivimos en un sistema cisheteropatriarcal. Así que que el feminismo, el activismo trans o de sexualidades diversas haga o deje de hacer sólo debería de ser objeto de crítica DESDE DENTRO de quienes forman parte de esos mismos colectivos. Y crítica constructiva, que ya tenemos suficiente con existir pese a que todo lo que te rodea esté construido de tal manera que no puedas sino sentir en todo momento que no deberías hacerlo, o que, cuanto menos, deberías evitar “airearlo” y no incomodar a quienes, si bien no te oprimen activamente, tampoco parecen proclives a mover un dedo por evitar que otros lo hagan.

Pues bien, me parece fantástico que tengas una opinión negativa sobre mi postura feminista o sobre lo que otras personas hacen o justifican desde ella. Ahora bien, si no eres feminista ni has tenido que lidiar jamás con la cantidad de ataques que recibimos a diario desde todos los frentes quienes lo somos y podemos permitirnos el lujo de ser visibles al respecto, mi HOPINIÓN al respecto es que lo mejor será que te guardes la tuya y que sigas adelante con tu vida, esa que se ocupa de asuntos e inquietudes INFINITAMENTE MÁS NECESARIOS E IMPORTANTES para ti o PARA EL MISMO FEMINISMO SEGÚN TÚ, dónde va a parar. Igual es que me paso de feminazi, pero se me antoja que si tu opinión no respeta la necesidad y legitimidad de la lucha (la compartas o no) de quienes NO ocupamos todos y cada uno de los espacios de poder, las posibilidades de que tu opinión sea una auténtica mierda que contribuye activamente a la existencia de un sistema construido -y perpetuado- a base de la proyección permanente de distintos ejes de opresión que generan un distinto impacto pero un idéntico resultado desfavorecedor para todxs aquellxs situadxs en sus márgenes son, francamente, elevadísimas.

Por favor, ahórrame la vergüenza ajena y la tristeza de escucharos o leeros manteniendo actitudes problemáticas que hacen de mi vida y la de más de la mitad de los seres humanos algo aún más difícil, pensáoslo un par de veces y callaos. No puedo hablar por otrxs, pero en mi caso os aseguro que no os quiero menos ni me pareceréis peores personas cuando no lo hacéis. Simplemente os veo más alienados respecto a algunas cosas que yo no puedo dejar de ver en todas partes porque lo están y porque afectan mi vida y la de la mayoría de las personas a las que más quiero continua y muy, muy profundamente. Y, de veras, no juzgo vuestros motivos de lo más variopinto para ser y comportaros así, no todos os beneficiáis directamente del sistema por perpetuarlo y la misoginia interiorizada abunda en todos los géneros y desmantelarla supone un arduo trabajo -además de uno aparentemente sin fin.

Pero en esa tarea cualquier análisis de cualquier símbolo, mensaje o actitud importa y es determinante a la hora de conseguir deconstruir y remoldear nuestra forma de ser, pensar y sentir. De ahí que a veces (aunque ni yo ni ninguna persona feminista tenemos por qué justificarnos al respecto) nos lleven los demonios con cosas que a ti quizás te dan la risa. De ahí que no podamos “dejar pasar” las cosas una vez hemos sido atravesadxs de parte a parte por la estructura que las alimenta. De ahí que no pueda pulsar un botón que me permita no ver el rastro del cisheteropatriarcado en cada acto, mensaje e imagen que me rodea. Porque lo está, y no por cerrar los ojos y callarme (ni yo ni cualquier otra persona) dejará de estarlo. Y si decido obrar en consecuencia no es para hacerte la vida más incómoda, intentar captarte o juzgar cada paso que das y cada opinión que mantienes, no. Es para contribuir en lo que pueda a construir una alternativa igualmente sistémica al contexto social, cultural, político y económico a todas luces podrido que me rodea. Contexto en el cual todas y cada una de las personas que lo habitan (e incluso que se valen de él) son infinitamente mejores que lo que piensan.

Sé separar. Cuando señalo una actitud problemática es eso lo que estoy señalando y no a la persona que la proyecta. Tanto si conozco su vida, obra y circunstancias que la rodean como si no, ni estoy ni quiero estar en posición de juzgarlas en tanto que personas. Pero sí estoy, como cualquier otra persona situada en algún margen a las antípodas de lo socialmente construido como aceptable y deseable, legitimado para señalar por qué algo me parece una agresión y qué alternativas a esa agresión que de entrada tomaré por no intencionada se me ocurren.

Estoy aprendiendo y espero no dejar nunca de hacerlo aunque a veces lo haga únicamente a costa de meter la pata. Pero también espero que mis intentos por mejorar el mundo que nos rodea no se interpreten, por defecto, como imposiciones ni mordazas políticamente correctas, sino como lo que pretenden ser: un inicial pie hacia una reflexión crítica o autocrítica, independientemente de que ésta genere o no algún cambio en tu postura, en la mía o en la de cualquiera. Tiendo a esperar lo mejor al realizar estas incursiones porque, contra todo pronóstico externo, es lo que suelo recibir. Y porque incluso si ese no fuera el caso y predicara en el desierto sentiría que es mi responsabilidad hacerlo y que vivo infinitamente mejor conmigo mismo siendo honesto respecto a todo aquello que me inspira o que, por el contrario, hace que me empequeñezca.

Pero dejemos de hablar sobre mí. Lo único que verdaderamente importa es que estamos a 19 de marzo del 2015 y el feminismo, el activismo trans y de sexualidades diversas sigue inspirando mucha más indignación que todo aquello que hace que exista.

De por qué tu crítica no feminista al feminismo es parte del problema